Hace más de nueve meses que no escribo en este blog. Supongo que después del frenesí de los primeros meses, tuvo que llegar la aceptación y el acomodo y mi veta literaria y creativa acabó ganándole a las ganas de quejarme o contar lo que me pasa.
Ayer, después de leer a
Clara contando sus sensaciones y sentimientos recordé que yo tenía este pequeño espacio muy abandonado. Y me dieron ganas de recuperarlo en medio de uno de los peores brotes que he tenido en los últimos seis meses. O el segundo peor en los últimos dos.
El caso es que esta mañana, haciendo un esfuerzo terrible tanto a nivel físico como anímico, he salido a trabajar. Para alguien como yo que tiene que ir de un sitio al otro y tratar con la gente poniendo buena cara todo el tiempo, estar tan cansada y dolorida, es a veces un esfuerzo sobrehumano. Y lo fue hasta el punto de arrastrarme hasta un banco y derrumbrame entre lágrimas de dolor, impotencia, tristeza, frustración y cansancio. Un enorme cansancio por llevar a mis espaldas el peso tan grande de tener una enfermedad crónica.
Una enfermedad invisible para los demás, pero perfectamente visible en las facciones de quienes a diario la sufrimos.